La noticia corrió por WhatsApp antes que por los medios: alguien encontró oro en el Almendares. No en el cauce alto, ni en los charcos de siempre, sino en el tramo que pasa por debajo del puente de la calle 23, donde el río lleva años siendo más bien un vertedero con corriente.
Yo fui a ver. Llegué un martes a las 7 de la mañana, con la esperanza de que fuera mentira, y me encontré con una cola de 40 personas, palas de plástico, coladores de cocina y un señor con un detector de metales que, según él, «lo compró en el mercado informal y funciona a veces».
—¿Usted encontró algo? —le pregunté a una mujer que llevaba dos horas removiendo el fondo con una cuchara.
—Encontré un arete, un tornillo y una muela —dijo, sin levantar la vista—. Pero oro, lo que se dice oro, todavía no.
El origen del rumor es confuso. Unos dicen que un pescador sacó una cadena de oro de 18 quilates; otros, que fue un turista que perdió un anillo y lo encontró; otros, que es una noticia inventada por alguien que quería vender palas. Lo único cierto es que, desde el lunes, el Almendares tiene más visitantes que la playa de Santa María.
Mientras tanto, el río sigue igual: negro, espeso, con un olor que no se describe, solo se soporta. Los buscadores de oro han aprendido a trabajar con guantes, botas y mascarilla. Algunos traen cloro. Otros, simplemente, se tapan la nariz con una pinza de ropa.
—¿Y si no hay oro? —le pregunté a un joven que llevaba un colador y una pala.
—No importa —dijo—. Aquí uno viene a distraerse. Además, si encuentro algo, mejor. Y si no, ya tengo la anécdota.
Al cierre de esta edición, el Almendares seguía lleno. No de oro, pero lleno.




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